Por Vicente Adum Gilbert.
La segunda mitad de la década de los ochenta vio surgir en esta ciudad y consolidarse a nivel nacional a bandas de rock como Clip, Right, Taller y Tranzas, y a solistas pop-rock de la talla de Reynaldo Egas y Mike Albornoz. Todos estos artistas publicaron sus canciones originales en discos de vinilo —LP, EP, o sencillos— a través de las principales disqueras locales, ya sea Fediscos o Ifesa. Además, su música era demandada y rotada con intensidad en las radios ecuatorianas, mientras sus videos aparecían en los programas musicales de alta sintonía a nivel nacional de la época, entre ellos, El Show de Bernard y Sintonizando. Canciones como “Estás aquí”, “Volver a empezar”, “Noches de alcohol”, “Plástica”, “El químico” y “San Viernes” no solo gozaban de gran popularidad transversal a toda la sociedad, sino que también se convirtieron en referencias obligatorias para los músicos más jóvenes que venían detrás, y quienes estaban llamados a acompañarlos en ese éxito durante el inicio de la década de los noventa.
El esplendor de estos músicos ochenteros duró hasta los años comprendidos entre 1990 y 1992 —período en que se lanzó el último EP de Right y en el que Albornoz publicó sus últimas canciones populares (Sombras, Mi perfecta manera de amar y No puedo olvidarte)—. Con la excepción tal vez de Tranzas, que lanzó —con escaso o ningún éxito comercial— tres EP durante la primera mitad de la década del noventa, los otros artistas del movimiento pop-rock guayaquileño de los ochenta dejaron de publicar discos y desaparecieron casi por completo de la escena musical local. Por su parte, Tranzas, que mutó su estilo musical a balada-pop, fue la única banda de este período que alcanzó el éxito internacional, a finales de los noventa.
En aquellos años no alcancé a comprender las razones de la abrupta desaparición de los artistas pop-rock guayaquileños. Sin embargo, en la actualidad creo haber dado con sus probables causas: para inicios de los noventa el formato dominante para la distribución global de la música grabada había dejado de ser, tiempo atrás, el disco de vinilo, en favor de los discos compactos o CDs; no obstante, las disqueras guayaquileñas —incapaces de producir CDs localmente— seguían aferradas al vinilo, formato que había dominado la escena nacional desde mediados del siglo XX. Por otro lado, aunque quizá con menor impacto local, el año 1991 marcó el inicio de un cambio radical en el rock and roll a nivel mundial, con la popularización de Nirvana y la implantación del alternative metal y el grunge como tendencias mainstream, en detrimento del pop y del rock, que cayeron en la obsolescencia de la noche a la mañana. Publicada en un formato arcaico, que había sido abandonado por la juventud guayaquileña, tanto la producción pop-rock nacional como la industria discográfica ecuatoriana que la propiciaba entraron en franco declive y, eventualmente, dejaron de ser relevantes.
Las víctimas de esta tragedia musical no fueron únicamente los artistas establecidos que he mencionado, sino también, colateralmente, la nueva y abundante camada de artistas locales que se habían formado bajo la influencia del rock, el pop y el heavy metal ochenteros, tanto nacional como internacional. A pesar de la gran calidad de algunas de estas nuevas bandas guayaquileñas surgidas o consolidadas entre 1990 y 1995, ninguna de ellas logró alcanzar, ni remotamente, la popularidad de la generación precedente y, con las excepciones notables de Crissis y Sigma, ninguna de ellas pudo publicar su música durante dicho período. A las bandas formadas o consolidadas en Guayaquil durante estos años de cambio tecnológico, de metamorfosis cultural y de declive del negocio disquero ecuatoriano las he agrupado y etiquetado como la generación perdida del rock guayaquileño. Estas bandas estaban, por lo general, integradas por jóvenes aficionados en sus últimos años colegiales o primeros de universidad (Figura #1), provenientes principalmente de colegios privados como el Javier, la Moderna, Nuevo Mundo, Cristóbal Colón, San José La Salle, Espíritu Santo, Jefferson, Alemán Humboldt, Americano, Liceo Naval y Abdón Calderón.
Los grupos que se encontraban dentro de este circuito compartían escenario, inicialmente, en festivales de rock, concursos intercolegiales, kermeses, olimpiadas, fiestas privadas y fiestas pagadas; y posteriormente, en conciertos autogestionados con llenos totales en teatros como el Centro de Arte o el Centro Cívico, o contratados por discotecas de moda. Algunos de ellos llegaron, incluso, a ser teloneros en conciertos de artistas internacionales. Dentro de este grupo he logrado catalogar a bandas como: White Rose, Crissis, Heaven, L-Mental, Stay Cool, White Fire, Quintaesencia, Violet, Karma, The Grass, Bajo la Ley, Sigma, Signo Vital, Anymore, Escala, Pasto Fresco, Black Bird Band, Streamline, Inside-out, Pintados en la Pared, Shooting Blanks, Garaje, Broken Heart, Los de Atrás, y Bajo Tierra[1]. Si bien gran parte del repertorio de estas agrupaciones estaba conformado por covers de bandas famosas, muchas de ellas destacaban por las composiciones originales que interpretaban en sus presentaciones y que, gracias a la autofinanciación, lograron grabar a manera de demos en estudios domésticos o profesionales, pero que, por los factores que he esbozado en este artículo, no lograron consolidarse hasta 1995 en álbumes de formato físico para la distribución masiva (salvo Crissis y Sigma, como aclaré previamente), paso previo al estrellato. Al margen de aquello, muchos de estos artistas solían aparecer con regularidad en artículos de periódicos y revistas; y eran invitados a participar en programas juveniles o de variedades en los canales de televisión guayaquileños y en entrevistas radiales en las emisoras locales más populares.
Luego de haberme entrevistado con varios ex integrantes de las bandas de este período logré identificar otro factor común que, en conjunto con los dos previamente señalados, contribuyó a colocar la tapa sobre el cajón de esta generación perdida del rock guayaquileño: la inevitable colisión con la vida adulta en un entorno que ofrecía escasas posibilidades de éxito en la persecución de una carrera en el rock. Al no existir una industria local capaz de absorber y rentabilizar su talento, para la mayoría de estos artistas la música quedó relegada a un segundo plano, es decir, al de un pasatiempo. La presión social y financiera, los compromisos universitarios y la necesidad de insertarse en el mercado laboral tradicional terminaron por obstaculizar los ensayos, disminuir el tiempo disponible para las grabaciones o conciertos y, finalmente, disolver las bandas.
No obstante, de las cenizas de estas bandas surgieron nuevas agrupaciones que, hacia el final de la década de los 90 —y en décadas posteriores— y una vez superado localmente el impasse tecnológico y cultural que había condenado a los grupos de inicios de la década, lograron publicar su música en CD y captar cierta atención del mercado nacional. Tales fueron los casos de grupos de diversos estilos musicales como Támesis, Van Mozart, Prime Ministers, Stand-By, Ave, Vírgenes Violadoras, Balboa, L.E.G.O. y otros. Asimismo, no son pocos los ex miembros de las bandas de la generación perdida que perseveraron y terminaron consolidando carreras en la música como productores, ingenieros de sonido, compositores, miembros de bandas de eventos o de exitosas bandas tributo. Otros, ya en la era del streaming, publicaron su obra —de manera individual o grupal— en plataformas como Spotify o YouTube. Un caso notable es el de Antonio Vergara, ex integrante de The Grass y Támesis, quien en 2025 se convirtió en el primer ecuatoriano en ser nominado a un premio Grammy anglo, en la categoría de mejor álbum de blues contemporáneo por The Fury.
Las historias detrás de aquellos años de intensa actividad musical merecen ser contadas con nombre y apellido. Por ello, este texto funciona como el prólogo de una serie de artículos que publicaré próximamente, donde repasaré las historias individuales de las bandas más importantes del período —con especial énfasis en aquellas que asumieron el riesgo de tocar música original—. Es hora de desempolvar los casetes de demos, las grabaciones de conciertos en Video8, los álbumes autoadhesivos con fotografías y recortes de periódicos para redescubrir y poner en valor el legado de una generación que, aunque frenada por las condiciones adversas de su tiempo, dejó su marca en la historia musical de nuestra ciudad.
[1] Nótese que artistas como Mandini, Ferretti y la banda Zipper no caen dentro de esta categoría a pesar de haber compartido escenarios con los grupos listados, pues ellos tenían trayectoria musical desde la generación previa. Zipper, que contaba con John Erick, ex cantante de la banda de heavy metal Blaze, lanzó singles en vinilo y en casete dentro del período tratado en este artículo (circa 1993/94). En 1994 Fabrizzio Ferretti publicó un casete con cuatro canciones por medio del sello Teen de Fediscos. Por su parte, Ricardo Mandini, ex integrante de Los Chelines, autofinanció la grabación de un CD lanzado en 1995.

ARTÍCULOS RELACIONADOS:
Esta es una cronología prácticamente perdida, gran trabajo Chento.
Tuve la suerte de ser parte de esa franja musical Guayaquileńa, donde los intereses eran más emocionales que monetarios.
Gracias por tu comentario, pana. Pronto subiré la historia de Heaven.
Excelente trabajo. Muy necesario además.
Por favor, no olvidemos a la Banda L.E.G.O.
Fuerte abrazo.
Gracias por tu comentario. LEGO es de finales de los 90. Este artículo está enfocado en el período comprendido entre 1990 y 1995, por eso no los incluí aquí. Una posible mención podría venir por el hecho de que, si no me equivoco, Carlos Sánchez (ex Heaven), fue integrante de LEGO. Saludos.
Recordè mi adolescencia yendo a las populares Kermesses en colegios y por supuesto a los «intercolegiales» de música que se desarrollaron hasta el 98 me parece, de ahí salieron bandas como Signo Vital, Subliminal, Rossanna come lobos, Aguacates fuccias. Un momento en la historia donde se dio la oportunidad a los adolescentes rockeros de mostrarse al público. Es una pena que eso no siguió. Por otro lado, incluirías a La Trifullka en este período? Luis Rueda sí logró hacerse un nombre en la escena «el pelo quinto» es un clásico noventero
No incluí a la Trifulka dentro de la generación perdida por varios motivos: 1) Su historia nunca se perdió; son reconocidos y recordados hasta la actualidad; 2) No pertenecen al período de tiempo de la generación perdida, ya que sus orígenes se remontan a SAK, que era una banda de los ochenta. 3) El género musical de la Trifulka no es pop-rock ni el rock de las otras bandas del período perdido. 4) Su primer álbum se publicó en 1996, después de la «generación perdida». Al margen de estas razones por las que no fueron incluidos en este artículo, considero que fueron una gran banda, repleta de originalidad y calidad.
Exelente reportaje, creo que hay que tomar en cuenta que primero diría que el 95% de las bandas nunca vieron la música como una carrera profesional y no dieron los pasos correctos para consolidarse, muchas bandas solo tocaban en eventos para grupos muy reducidos y específicos, no masiva
No dudo de que un alto porcentaje de los miembros de los grupos del período perdido no hayan considerado a la música como un medio de subsistencia, pero no creo que sea tan alto el porcentaje como planteas. En todo caso, es una hipótesis discutible. Sobre este asunto mencioné lo siguiente en el artículo: «Luego de haberme entrevistado con varios ex integrantes de las bandas de este período logré identificar otro factor común que, en conjunto con los dos previamente señalados, contribuyó a colocar la tapa sobre el cajón de esta generación perdida del rock guayaquileño: la inevitable colisión con la vida adulta en un entorno que ofrecía escasas posibilidades de éxito en la persecución de una carrera en el rock. Al no existir una industria local capaz de absorber y rentabilizar su talento, para la mayoría de estos artistas la música quedó relegada a un segundo plano, es decir, al de un pasatiempo. La presión social y financiera, los compromisos universitarios y la necesidad de insertarse en el mercado laboral tradicional terminaron por obstaculizar los ensayos, disminuir el tiempo disponible para las grabaciones o conciertos y, finalmente, disolver las bandas.»
Qué buen artículo sobre ese período de la historia del rock local. Pude ver en directo a Los Vírgenes Violadoras. Sonaban muy potentes, mejor sonido y calidad instrumental que las bandas de metal de los ochenta. Podría estar equivocado en mi apreciación, no soy dueño de la verdad. Saludos.
Oe ¿y? Jajajaa gran trabajo, mi querido Chento. Me acordé de todo ese personal noventero.
Abrazos.