Por Vicente Adum Gilbert.
Hace pocos días comenzó la preventa a nivel global del álbum de cromos del Mundial de Fútbol 2026 de Panini, una colección que, según he leído, consta de 980 cromos autoadhesivos distribuidos en 112 páginas. A pesar de que la cantidad de cromos me pareció excesivamente alta y de que, en consecuencia, el costo de llenar esta especie de enciclopedia del fútbol actual también lo sería, mi subconsciente terminó encontrando el justificativo ideal para, a mis cincuenta años, realizar el gasto de tiempo y dinero asociados con la mencionada tarea: “Es que Ecuador está en el mundial”. Este argumento encontró un respaldo inesperado en la respuesta de mi hija adolescente, quien, al consultarle sobre su interés en hacer en conjunto, como en ocasiones anteriores, el álbum de este Mundial, dijo —para mi sorpresa y sin dudarlo—: “¡Y obvio!”.
Al margen de lo anterior, soy consciente de que detrás de aquellos argumentos existe otra razón más poderosa que me impulsa a embarcarme en la fútil tarea de completar este tipo de colecciones: una mezcla de costumbre y tradición forjada desde la temprana infancia, quizás desde los seis o siete años, cuando un día de inicios de los ochenta mi madre se presentó puntualmente, como siempre, a recogerme de la escuela, pero en aquella ocasión lo hizo acompañada de mi hermano Daniel, de Gigi —una niña española hija de un amigo de mi padre—, y de tres curiosos libros, uno para cada uno de los niños, que resultaron ser tres álbumes de cromos de Condorito, el célebre personaje chileno de historietas cómicas cuyas revistas eran muy populares en toda América del sur. Esa tarde, mientras escuchábamos de fondo la música del Show de Bernard, nos dedicamos a la fascinante labor de abrir los sobres, admirar y clasificar los cromos, y pegarlos con goma blanca en sus lugares respectivos, siguiendo cuidadosamente las instrucciones de mi madre, quien nos instaba a evitar que las páginas se arrugaran por el exceso de goma y a mantener los cromos alineados dentro de sus márgenes.
Sin darme cuenta, más allá de haber recibido como regalo un interesante álbum de cromos, ese día recibí la semilla del don del coleccionista, aquel soplo divino que luego se manifestaría a través del obsesivo arte de recopilar, clasificar, guardar y conservar casi lo que sea: cromos, llaveros, estampillas, monedas, billetes, juguetes, computadoras, vinilos, música, revistas, libros, casetes, videos, fotografías, anécdotas, historias y nostalgias. Si llenar totalmente un álbum de cromos era un verdadero desafío en la infancia, supongo que conservarlos una vez logrado el objetivo era una manera tangible de preservar logros. Es así como, pasando calendarios y anuarios, me convertí en el custodio de una interesante colección de álbumes de cromos ecuatorianos, principalmente de inicios y mediados de la década de los ochenta. No descarto la posibilidad de que ciertos ejemplares de mi colección sean únicos, toda vez que hasta la redacción de este artículo no he encontrado imágenes públicas de muchos de ellos. Hoy empiezo el proceso de compartir con mis lectores —y con la posteridad— descripciones, fotografías, anécdotas e historias relacionadas con los álbumes de esta colección, empezando por el que ha motivado este artículo, es decir, el de Condorito.
El álbum de Condorito fue lanzado en el mercado ecuatoriano probablemente entre 1981 y 1982, con un precio de doce sucres. Editado en Bogotá por la legendaria Editora Cinco —la misma que nos trajo clásicos de la talla de Kalimán, Archie, La pequeña Lulú, DC Comics, entre otros— e impreso por Editorial Andes en la misma ciudad, el álbum contaba con 256 cromos distribuidos en 32 páginas de papel de muy buena calidad. Los cromos presentaban a Condorito en las más diversas situaciones: practicando deportes, ejerciendo oficios, luciendo uniformes, representando personajes de cuentos, históricos, famosos o circenses; mostrándonos los signos zodiacales, sus colecciones y los atuendos típicos de diversos países del mundo (Figuras #1 a Figura #5). Los principales personajes del mundo de Pelotillehue —Yayita, Don Chuma, Comegato, Pepe Cortisona, Doña Tremebunda, Coné, Huevoduro y otros— también tenían su sección propia (Figura #6), además de aparecer interactuando con Condorito en secciones cómicas especiales denominadas “El Humor de Condorito”, distribuidas a lo largo del álbum (Figura #7).
La portada tenía en su parte superior la leyenda “ÁLBUM de FIGURITAS CONDORITO”, bajo la cual aparecía el célebre personaje señalándose a sí mismo, rodeado por las imágenes de seis cromos diferentes de la colección. Si bien mi ejemplar en general está en buen estado en el interior, considerando que apenas tenía unos siete años cuando lo llené, la portada está muy rayada y sumamente deteriorada; por lo que presento en este artículo una reconstrucción digital de la portada realizada con fidelidad a la original (Figura #8).
A pesar de que en el interior de la contratapa hay un cuadro de control de cromos que contiene una leyenda que sostiene que las figuras del álbum se imprimieron en cantidades iguales, recalcando que “no hay, por lo tanto, figuras difíciles”, la realidad es que fue esta colección la que implantó en mi cerebro el infame concepto de “cromo difícil”. La figura número 232, conocida como “el mexicano” (Figura #9), probó ser el cromo más difícil de encontrar del álbum de Condorito y, con el pasar del tiempo, se convirtió en el cromo más difícil de todos los álbumes que llené en mi vida. De no ser por la ayuda de mi padre, quien lo pudo conseguir en los caramancheles de revendedores que se apostaban en los exteriores del almacén de Tía del centro de Guayaquil, jamás hubiera conseguido completar la colección y, tal vez, por la frustración, jamás hubiera coleccionado álbumes… ni nada más
No recuerdo si mi hermano completó su ejemplar, y dudo mucho que Gigi llenara el suyo, toda vez que poco tiempo después regresó a España. Pero de lo que sí estoy seguro es de que aquella chispa que me impulsó a completar mi primer álbum sigue presente en mí, y de que la oportunidad de llenar el álbum del Mundial 2026 con mi hija resultará útil para intentar transmitirle aquellas virtudes derivadas de la práctica del coleccionismo: disciplina, dedicación, constancia, paciencia, obstinación y tenacidad.








