Por Vicente Adum Gilbert.
El bautizo no es solo un ritual iniciático de la vida cristiana: es un hito que nos imprime una marca espiritual indeleble al convertirnos en hijos de Dios. Esta marca está íntimamente vinculada con ese signo personal e irrepetible que, según la Tradición, Dios tiene en relación con cada persona: el nombre propio. Es así que, al elevar al plano espiritual a aquella etiqueta social que nos acompaña durante nuestra propia existencia, trascendemos lo terrenal y nos introduce en la comunidad de los santos. Pero este artículo no va sobre religión…
Es habitual entre quienes amamos el fútbol macerarnos en la satisfacción que nos produce un gol extraordinario: ese momento sublime en el que, después de una jugada de antología, de un tiro libre con efecto fenomenal, de un cañonazo desde fuera del área o de un cabezazo con precisión milimétrica la pelota insufla las redes del arco contrario y genera un júbilo incontenible que estalla, primero, dentro del alma y, luego, en el ánimo colectivo, reventándose para transformar la atmósfera en un estruendo. Así, hablamos durante días, meses o años del gol de tiro libre de Roberto Carlos ante Francia en 1997, del gol de Lionel Messi ante el Getafe en semifinales de la Copa del Rey en 2007; repetimos con obsesión la jugada del gol de Di María en la final del mundial 2022 y repasamos admirados el pase de Pelé a Carlos Alberto en la goleada a Italia que consagró a Brasil tricampeón mundial en 1970.
A estos y otros goles extraordinarios la historia los identifica y denomina como actos ligados irremediablemente a sus autores, al partido o la fecha en que sucedieron, al torneo o instancia en que se anotaron. Pero existe otra categoría reservada para aquellos pocos goles que alcanzan el estatus de pinturas, esculturas o sinfonías, ya sea por su belleza, por la situación en que ocurrieron, o por la razón que fuere; total, el placer que comunica el arte no tiene explicación definitiva. Las verdaderas obras maestras del arte universal tienen nombre propio: la Gioconda, la Última Cena, la Noche estrellada o La Novena Sinfonía no necesitan más referencia para ser identificadas, existen en el éter y en el ADN de la humanidad, sin necesidad de etiquetas adicionales como el nombre de sus autores, compositores o los siglos en que fueron creadas.
Como si hubiera sido una conjunción de planetas, el 22 de junio de 1986 ocurrieron dos de estos goles astronómicos en el partido jugado entre Argentina e Inglaterra por los cuartos de final del mundial de México en 1986. Ese partido fue más que un evento deportivo, ya que había mucho más en juego aquel día: En 1982 Argentina había sido aplastada militarmente por Reino Unido durante la guerra de las Malvinas, una disputa por el dominio territorial de las mencionadas islas. A pesar de que, desde la perspectiva de los ingleses, aquel fue un conflicto menor y de bajo impacto a nivel cultural, la Argentina entera, herida en su orgullo, tenía la sangre en el ojo y el cuchillo entre los dientes por lo ocurrido. Por esto, este partido representaba para los argentinos la oportunidad de una revancha moral, de un desquite emocional, y, a decir verdad, la posibilidad de venganza ante la impotencia causada por la inferioridad militar.
Debe entenderse que en Argentina el asunto de las Malvinas está íntima y culturalmente ligado a la selección de fútbol, por eso, el tema aparece a través de los tiempos en los cánticos de la hinchada hasta el presente: “En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel, de esos pibes de Malvinas que jamás olvidaré…” (canción En Argentina Nací, 2022) y “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiero verte bicampeón” (canción La cuarta estrella, 2026).
El desahogo de todo un pueblo llegó de la mano de Diego Armando Maradona luego de un rechazo hacia atrás de uno de los defensas ingleses que el menudo jugador, que venía embalado desde fuera del área, aprovechó para encarar, en duelo mano a mano, a Peter Shilton, el arquero británico. Era de no creer, ¿Cómo había sido posible que un jugador pequeño como Maradona lograra superar de cabeza a cualquier arquero? ¡Qué diablos importaba! El árbitro concedió el gol a pesar de los reclamos de varios jugadores ingleses que se dieron cuenta que había sido anotado con la mano. Para quienes vimos esto por televisión, aquello no estaba claro. Yo tenía grabado en Betamax ese gol, lo que me permitió repetir la jugada cientos de veces. A pesar de ello, estaba convencido que había sido gol de cabeza. En aquellos tiempos el fútbol era de los habilidosos y de los vivos, no existían ni el VAR ni la inteligencia artificial para convertir a un partido de fútbol en una instancia de administración judicial y procedimientos legales. Maradona tenía los dos elementos necesarios: la genialidad y aquella viveza clásica de los sudamericanos, para bien o para mal —dependiendo de quien lo juzgue—. Cuando después del partido los periodistas preguntaron a Maradona si el gol había sido anotado con la mano, éste respondió con un juego de palabras que inmortalizó el suceso: «un poco con la cabeza de Maradona y un poco con la mano de Dios«, como para dar a entender que las situaciones que desencadenaron en aquel gol, habían sido obra de la Providencia Divina. Y así, este gol recibió su bautizo y su nombre propio: “La Mano de Dios”, una verdadera obra de arte del surrealismo y del postromanticismo, que, aunque para los oídos inexpertos puede resultar indigerible, como una obra de Mahler, para otros es tan hermosa como La Persistencia de la Memoria de Dalí.
Pero lo que estaba por ocurrir pocos minutos después desafiaría la inefabilidad. Maradona, rodeado de ingleses en la media cancha recibe un pase de Héctor Enrique que lo deja en una situación difícil de resolver. En fracciones de segundo, Diego gira para desmarcarse de tres y pica la bola en dirección al arco de Inglaterra, avanzando por el flanco derecho. El público presente en el estadio Azteca de Ciudad de México se dio cuenta inmediatamente de que estaba por presenciar algo maravilloso: el rugido fue una mezcla de asombro y arenga. Este rugido se repetía e incrementaba cada vez que Maradona gambeteaba o adelantaba el balón a lugares donde los ingleses, completamente impotentes, no podían llegar, quedándose atrás como si fueran conos en un entrenamiento. Avanzado endiabladamente, Maradona empuja la pelota para ingresar al área penal inglesa, dejando a otro defensor en el camino, y le hace un amague al portero, pero el inglés Fenwick, quien ya le venía dando alcance, respondiendo a su inferioridad y desesperación, trata de detenerlo metiéndole una patada por detrás, pero el Diez, medio cayéndose, ya había empujado el balón con la punta del botín izquierdo…
Y es aquí, en la línea del arco, en la frontera entre lo divino y lo mundano, en esa conjunción entre lo religioso y lo deportivo, que Víctor Hugo Morales, narrador uruguayo de Radio Argentina, reacciona descontroladamente, con una emoción desbordante, como es propio de aquel que atestigua un hecho sobrenatural: “¡Goooool, Gooool! ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diegol! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme…”. Sin embargo, el oficio le regresa inmediatamente al relator como una ola que golpea, para intentar contextualizar lo que ha presenciado: “Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos. ¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés…?”. Cuando le volvió el espíritu, después de haberse paseado por toda América del sur, Morales pidió perdón a la audiencia por haber perdido la compostura. ¡Había tejido una narración que estaba a la altura del suceso! Disculparse por aquello era como si Maradona pidiera perdón por la “Mano de Dios” o por “la jugada de los tiempos” que acababa de realizar, misma que en 2002 la FIFA bautizara oficialmente como el “Gol del siglo” y al que muchos identificamos como el “Barrilete cósmico”[1]. ¡Este gol y esta narración deberían estar enmarcados y colgados en exposición permanente en el Museo de Arte Moderno en Nueva York!
Por una de esas coincidencias extraordinarias, como si el destino quisiera conmemorarlo, este 22 de junio de 2026, en el cuarenta aniversario de aquel partido legendario, la selección argentina, liderada por el mejor jugador de la historia, tiene otra cita mundialista en América del Norte, exactamente a la misma hora en la que inició aquella gesta en la que nacieron y se santificaron aquellos dos goles de antología mítica. ¿Será el preludio de otra epopeya sobrenatural?
¡Que el Diez lo permita!
Amén.
[1] “Barrilete Cósmico” es en realidad un apodo con el que Víctor Morales reivindicaba a Diego Maradona, pero esa es otra historia.