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¿Cómo llama la cuenta?

Publicada el 18/01/202620/01/2026

Por Vicente Adum Gilbert.

En 2003, al regresar de un corto período estudiando fuera del país, decidí inscribirme en una maestría de administración de empresas en la Universidad Técnica Federico Santa María de Guayaquil. Al principio no conocía a la gran mayoría de mis compañeros, ya que eran personas de edades dispersas, provenientes de carreras y universidades diversas. Una de las primeras materias que había que tomar en la maestría era contabilidad, asignatura con la que en el colegio había tenido ciertos problemas. En la primera clase, la maestra —una señora muy profesional y con gran habilidad didáctica— describió a manera de ejercicio contable una situación en particular y, buscando medir nuestro conocimiento previo de la asignatura, preguntó con cierto aplomo: «¿Cómo se llama la cuenta?». Para mi sorpresa y admiración, al menos tres estudiantes dijeron al unísono y en voz alta la misma respuesta conscientemente incorrecta que había salido de mi boca: «¡Caja!»; y todos ellos lo hicieron con una entonación tan particular y característica que me remitió automáticamente a las aulas de altos ventanales y pupitres de madera del segundo curso de colegio, allá por 1988. Inmediatamente giré la cabeza hacia ambos costados para tratar de identificar a los otros irreverentes infractores, asunto que me resultó sencillo ya que todos ellos, en acto reflejo, agachaban sus cabezas mientras con una de sus manos pretendían ocultar la sonrisa pícara que los delataba. Nos quedamos mirando entre nosotros —positivamente asombrados— al tiempo que nos señalábamos con el dedo y reconocíamos con alegría y complicidad aquel factor común que, sin saberlo, nos unía desde antes: «¡Tú estabas en el San José! ¡Tú estabas en el San José!».

Quedó claro, entonces, que aunque no nos conocíamos previamente, habíamos sido estudiantes del colegio San José La Salle y que habíamos tenido al mismo profesor de contabilidad al pasar por el segundo año del ciclo básico de secundaria. Su nombre era Enrique Intriago, pero por su voz profunda —una versión manabita de la de James Earl Jones—, contextura espigada, extrema delgadez, trajes oscuros y facciones hundidas se había ganado el remoquete de «el Muerto», apodo cuya obviedad se caía de madura y que había venido pasándose de promoción en promoción desde tiempos pretéritos, como una suerte de tradición eclesiástica que no requería sustento escrito para ser considerada verdadera. Era tal su luctuosa apariencia que, en el cambio de hora, cuando el profesor entraba al salón, los alumnos susurraban —confiando en la complicidad de la deficiencia de su aparato de sordera— fragmentos de canciones de misa como «¡Resucitó, resucitó, aleluya, resucitó!» o «La muerte, ¿dónde está la muerte? ¿Dónde está mi muerte?…».

El profesor en cuestión tenía la costumbre de presentar ejemplos y ejercicios contables orales, listando elementos que eran adquiridos por supuestas empresas o individuos ficticios, para finalmente hacer la inevitable y esperada pregunta: «¿Cómo llama la cuenta?». Así, por ejemplo, decía: «El señor Jorge Veloz compra: calculadora, lápice, marcadore, papele. ¿Cómo llama la cuenta?». Inmediatamente se podía escuchar a una serie de estudiantes gritar desde todos los rincones del salón —de manera dispersa y con un ritmo aleatorio parecido al croar de sapos— la reiteración de las palabras «¡Cajá, caja!», intentando, en la medida de sus habilidades, remedar y exagerar la forma de hablar de don Intriago. El profesor, quien aparentaba no molestarse por el hecho y quien incluso parecía disfrutarlo, concluía el ritual confirmando el acierto de los arrebatados estudiantes: «¡La cuenta llama caja!», para regocijo de todos. Siempre era así; la respuesta siempre era caja.

Una ocasión, una de las tantas en las que repitió el conocido guion que culminaba con la célebre pregunta inquiriendo la identificación de la cuenta, los estudiantes respondieron de la manera acostumbrada, es decir, «¡Caja, caja!», a lo que el profesor replicó: «¡No, pendejo! ¡Muebles de oficina!».  Esto provocó inmediatamente un estallido de carcajadas en el curso. Es que los maestros del San José tenían un dominio sobre la conducta de sus estudiantes que solamente podía atribuirse a la experiencia, tanto a la de ellos como a la de la centenaria institución en la que laboraban. Sabían cuándo tolerar ciertas transgresiones atribuibles a la edad de sus pupilos; cuándo devolver el golpe con hilaridad; y también cuándo era necesaria una auténtica reprimenda con estilo, como aquella vez en la que uno de mis compañeros rebasó la línea de lo que se consideraba tolerable y recibió una justa puteada de carácter épico por parte del indignado profesor: «¡Imbégil! ¡Ejtúpido! ¡Cara de bolsas triste’! ¡Horita mijmo te me va’, pero te me va’ con jinco punto meno en conducta… pal trimestre!». Nadie se escandalizó, nadie se traumó; más bien, generó una risotada generalizada en el curso, mientras el sancionado salía cabizbajo por la puerta del aula del segundo piso del edificio de secundaria en dirección a la inspección, donde se le aplicaría su merecido castigo.

Fue tal vez hace un par de años que pude leer un tuit de mi compañero de la secundaria y amigo, Luis Antonio Ruiz, en el que compartía una interesante anécdota. Contaba Luis Antonio que, estando en el patio de comidas de un centro comercial, pudo ver en una de las mesas contiguas a dos niños pequeños que llevaban puesto el uniforme de colegio. «La Salle», les dijo a manera de reconocimiento, haciendo una señal de aprobación con el pulgar, añadiendo: «¡Yo estudié ahí!». La respuesta de uno de los niños no podía haber sido más acertada, generacionalmente transversal e identitaria: «¡Dios, patria y familia!»; aquel excelso lema del San José que, tal como reza en el himno de la institución, constituye un «sublime grito de guerra, trilogía de amor», y que cobra mayor relevancia en tiempos en los que el relativismo moral y agendas perversas amenazan a la juventud y a la humanidad. Escuchar a este niño contestar de esta manera conmovió y enorgulleció a Luis Antonio, y estoy seguro de que generaría el mismo efecto en cualquiera que conociera el contexto.

Si bien lo anterior es un claro reflejo del efecto de un lema identitario atemporal, ya había comprendido yo en las aulas de la maestría —rodeado de aquellos a los que me unía una especie de complicidad o hermandad invisible— que no son solo las formalidades y signos sensibles (el himno, la bandera, la arquitectura, los trofeos deportivos o los diplomas académicos) los que consolidan la identidad e imprimen determinado carácter en los lasallanos —o, como se dice ahora, «lasallistas»—. Lo son también, al margen de la fundamental formación, aquellas pequeñas experiencias ignotas y multigeneracionales como las que he compartido en este artículo, las que afianzan ese sentimiento de identidad y pertenencia que trasciende promociones y que permiten a desconocidos mirarse en el espejo del alma y reconocerse con orgullo diciendo: «Yo también estaba en el San José», colegio al que un día entramos de la mano de nuestros padres y del que un día nos alejamos en el estreno de nuestra adultez, pero cuyo sello indeleble estampado en el espíritu jamás nos abandonó.

8 comentarios en «¿Cómo llama la cuenta?»

  1. Jonathan Bohorquez dice:
    18/01/2026 a las 6:08 PM

    Excelente anécdota. Siempre recuerdo que no entendía esa materia y que la primera vez saqué 02/20 en el primer aporte. Después me puse “pilas” y me recuperé pero siempre recordaremos al profesor por su inigualable apariencia y forma de dar sus clases jajaja un abrazo lasallano

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  2. Alejandro Balda dice:
    18/01/2026 a las 7:41 PM

    Que lindo recuerdo del colegio Chento, por un momento me transporte a esta época de secundaria.

    Responder
  3. Héctor Manrique dice:
    18/01/2026 a las 7:50 PM

    Excelente mi estimado amigo Chento.
    Me desbordó una carcajada y sentimiento de nostalgia al leer tu es narrativa.
    Dios te bendiga mi estimado y dile to amigo.
    Un abrazo fraterno

    Responder
  4. John Flores dice:
    18/01/2026 a las 9:35 PM

    Viva Jesús!!! en nuestros corazones.

    Responder
    1. Vicente Adum Gilbert dice:
      18/01/2026 a las 10:14 PM

      ¡Por siempre!

      Responder
  5. Jorge dice:
    18/01/2026 a las 9:49 PM

    MAESTRO DE MAESTROS. DESCANSA EN PAZ

    Responder
  6. Edwin Moncayo Calderero dice:
    19/01/2026 a las 6:32 AM

    Excelente descripción de parte de las anécdotas acontecidas en las aulas de clases en el sin par San José.

    Responder
  7. Guillermo Amado dice:
    19/01/2026 a las 10:58 AM

    Lo máximo Chento, gracias por dejarla plasmada. Un fuerte abrazo

    Responder

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